Para mí fue el segundo Grito de la primera PresidentA. Para ellas, un Grito más.
Ayer vi a la primera Presidenta de México dar su segundo Grito de Independencia.
Son casi dos años desde que, por primera vez en nuestra historia, una mujer llegó a la Presidencia.
Y aunque ya no era la primera vez que la veía salir a ese balcón, esta vez me emocioné todavía más. Creo que fue precisamente porque ya no se trataba de presenciar algo inédito. La fuerza de la imagen estaba ahora en su repetición. Una mujer recibió de nuevo la bandera nacional, volvió a tocar la campana de Dolores y, otra vez, dio el Grito de Independencia como Presidenta de México. Esa escena, que hasta hace muy poco no existía en nuestra historia, ya tenía un antecedente.
Por eso escribo esto. Porque hay algo muy poderoso en que una imagen histórica empiece a volverse cotidiana.
Confieso que esa idea se me quedó dando vueltas porque, desde hace algún tiempo, he empezado a prestar mucha más atención al papel que tienen las palabras, las imágenes y los símbolos en la forma en que entendemos el mundo. Y la razón, en mi caso, es bastante personal. Llevo ya un tiempo en psicoanálisis lacaniano y, entre muchas otras cosas, ese proceso me ha llevado a pensar de otra manera sobre cómo construimos y atribuimos significado a lo que nos rodea.
Hay una idea de Lacan que me resulta especialmente útil para entender esto. No llegamos al mundo y después aprendemos, desde afuera, a nombrarlo. Llegamos a un mundo que ya había sido nombrado antes que nosotras, organizado por palabras, categorías y significantes que ya estaban ahí. Para Lacan, el sujeto mismo se constituye dentro de ese orden simbólico. El lenguaje no solo sirve para describir lo que vemos. También interviene en la manera en que aprendemos a darle sentido al mundo y a reconocernos a nosotras mismas dentro de él.
Creo que eso me ha vuelto mucho más quisquillosa y consciente de todas esas asociaciones que aprendemos sin recordar cuándo las aprendimos. De las palabras que repetimos sin preguntarnos todo lo que contienen. De las imágenes que vemos una y otra vez hasta que dejamos de percibirlas como una posibilidad entre muchas y empiezan a parecernos, simplemente, la forma en que son las cosas.
Repetición, repetición, repetición.
Por eso me importa tanto la repetición. Porque una imagen que se repite no solo se vuelve familiar. Puede modificar, poco a poco, aquello que esperamos encontrar en el mundo, lo que reconocemos sin extrañeza y hasta los lugares que somos capaces de imaginar para nosotras mismas.
Ahora, tampoco quiero proyectar mi propio proceso terapéutico sobre una realidad política ni hacer de esto una reflexión en la que lo simbólico termine explicándolo todo. Si en algo he sido necia 〰 y quienes me conocen pueden confirmarlo〰 es precisamente en desconfiar de las explicaciones que terminan ahí.
Porque sí, creo muchísimo en la fuerza de los símbolos. Todo lo que he escrito hasta aquí parte de esa convicción. Lo que ocurrió en México transformó nuestro imaginario colectivo y eso, por sí mismo, me parece sustancial. Pero sería injusto reducir a esa dimensión un momento político e histórico de este peso para el país.
Su significado está también en las condiciones concretas en las que ocurrió, en la forma en que una mujer alcanzó la Presidencia y en el proyecto político desde el que lo hizo.
Casi 36 millones de mexicanas y mexicanos votamos por ella, la mayor cantidad de votos obtenida por una candidatura presidencial en la historia de México. A ese respaldo sin precedentes se suma una trayectoria que desafía muchas de las convenciones históricamente asociadas al poder presidencial. Es mujer, madre y abuela, pero también científica, doctora en Ingeniería Energética y una figura formada políticamente en la izquierda. Hay algo en esa combinación que me parece particularmente significativo. No se trata únicamente de quién ocupa el poder, sino de las experiencias, ideas y reivindicaciones que llegan con ella a ese espacio.
Esa diferencia adquiere una expresión concreta en la forma en que su gobierno ha planteado la situación de las mujeres. La igualdad sustantiva no aparece desvinculada de las condiciones materiales que permiten ejercerla. Está relacionada con el ingreso, los derechos sociales, la autonomía económica y la distribución de los cuidados.
El trabajo doméstico y de cuidados, realizado durante generaciones principalmente por mujeres y tantas veces tratado como si no fuera trabajo, ha sido reconocido mediante una política pública que busca traducir ese reconocimiento en un ingreso propio. No me parece un detalle menor. Hay detrás de esa concepción una idea que para mí es fundamental: las desigualdades que atraviesan la vida de las mujeres no existen al margen de la organización económica y social de la vida cotidiana.
Y pensar en aquello que hace posible la igualdad me lleva inevitablemente a preguntarme qué tuvo que ocurrir para que este momento también fuera posible. La llegada de una mujer a la Presidencia no surgió de la nada. Detrás hay conquistas acumuladas durante generaciones, impulsadas tanto por mujeres cuyos nombres conocemos como por tantas otras que quedaron fuera de la memoria pública. Antes de que una mujer pudiera gobernar México, hubo quienes tuvieron que disputar algo mucho más elemental: el derecho mismo a participar en la vida política del país.
Historia de nuestros derechos
Hace apenas 110 años, 617 mujeres se reunieron en Yucatán en el Primer Congreso Feminista para discutir, entre otras cosas, la participación de las mujeres en la vida pública. En 1953, hace apenas 73 años, se reconocieron constitucionalmente nuestra ciudadanía y nuestros derechos políticos en el ámbito federal. Dos años después, en 1955, las mexicanas acudieron por primera vez a las urnas en una elección federal.
Me cuesta no sentir el vértigo de esa distancia. En términos históricos, hace prácticamente nada las mujeres mexicanas todavía luchaban por ser reconocidas plenamente como sujetas políticas y hoy una mujer lleva la banda presidencial. Entre aquellas luchas y esta escena hay más de un siglo de organización, disputa y conquista de derechos. Están las mujeres cuyos nombres conocemos y también las que quedaron fuera de los libros de historia. Las que organizaron, escribieron, marcharon, enseñaron, trabajaron, cuidaron, exigieron y desobedecieron. Las que abrieron espacios que muchas veces ni siquiera pudieron ocupar ellas mismas.
Cuando veo a una mujer en la Presidencia, no veo solamente a quien hoy ocupa ese lugar. Veo también algo de todas las que hicieron posible su llegada.
Y creo que es precisamente esa historia la que hace que la repetición de esa imagen me resulte tan poderosa. Estamos hablando de algo que durante generaciones tuvo que ser imaginado, disputado y conquistado, y que, frente a nuestros ojos, empieza a adquirir una cualidad completamente distinta.
Empieza a parecer normal.
Y es aquí donde vuelvo a lo que escribí al principio, a la fuerza de lo simbólico.
Hace un año fue una imagen inédita. Este año dejó de ser solamente aquella primera vez. La vimos repetirse. Y al repetirse empezó a convertirse en algo más: una posibilidad que puede permanecer y, poco a poco, incorporarse a nuestra normalidad.
Quizá por eso pienso inevitablemente en quienes están creciendo mientras esto sucede. En mis sobrinas, Ximena, Cam y Carola, y en todas las niñas mexicanas para quienes ver a una mujer en la Presidencia empieza a formar parte del mundo que conocen.
Porque para mí, ella sigue siendo la primera Presidenta de México dando su segundo Grito de Independencia.
Para ellas, simplemente es la Presidenta.
Y esa diferencia me parece enorme.
Para mí, verla ahí todavía representa una ruptura con más de doscientos años de historia. Ellas, en cambio, están creciendo mientras esa ruptura empieza a incorporarse a lo cotidiano. Ya han visto más de una vez a una mujer en el balcón de Palacio Nacional. Y eso hace que su horizonte de lo posible sea, por lo menos en ese sentido, un poco más amplio que el mío.
No porque todos los obstáculos hayan desaparecido. No porque todas partamos del mismo lugar. Y mucho menos porque baste con desear algo para conseguirlo. Pensar así sería convertir una historia colectiva de desigualdades, organización y lucha en un relato individual de voluntad y mérito.
Me refiero a algo mucho más sencillo. Cuando alguien les diga que las mujeres pueden llegar a los espacios más altos del poder, la realidad que tienen frente a los ojos ya no les dirá lo contrario. Están creciendo en un mundo en el que ver a una mujer como Presidenta de México forma parte de las cosas que saben que pueden ocurrir.
Ahí está, para mí, una parte fundamental del cambio. En que aquello que para unas fue impensable, para otras se convirtió en una lucha y para nuestra generación todavía conserva algo de extraordinario pueda resultarles completamente normal a quienes vienen detrás.
Eso es lo que espero para ellas.
Quiero que les parezca normal ver a una mujer en la Presidencia. Que ver mujeres gobernando, haciendo ciencia, tomando decisiones, dirigiendo instituciones o ejerciendo poder no les resulte excepcional. Que nunca tengan que preguntarse si un lugar también les pertenece.
Ojalá algún día ni siquiera entiendan por qué a nosotras nos emocionaba tanto verla ahí. Ojalá les parezca extraño que alguna vez ese balcón, o cualquier otro espacio de poder, pudiera imaginarse como un lugar reservado para los hombres.
Pero hay algo de esa normalidad futura que yo no quiero olvidar jamás.
Porque las conquistas, cuando finalmente se vuelven cotidianas, corren el riesgo de parecernos inevitables.
Y no lo fueron.
La memoria también es política. Recordar de dónde vienen nuestros derechos es recordar que ninguno apareció por generación espontánea. Detrás de cada uno hubo mujeres que disputaron aquello que su tiempo les presentaba como imposible, y muchas de las cosas que hoy nos parecen evidentes alguna vez tuvieron que ser imaginadas, exigidas y conquistadas.
Y supongo que ahí está la contradicción que más me emociona de todo esto. Quiero que ellas puedan vivir como normal aquello que para nosotras todavía tiene el peso de una conquista. Quiero que algún día no encuentren nada extraordinario en ver a una mujer ahí.
Pero yo no quiero olvidar nunca por qué lo fue.
Sobre la autora
Anakaren Iniestra Sánchez es internacionalista por la Universidad Iberoamericana y maestra en Relaciones Internacionales por la Universidad de Nueva York (NYU), con especialización en derecho internacional. Actualmente se desempeña como asesora en la Misión Permanente de México ante las Naciones Unidas en Nueva York. Ha trabajado en investigación y análisis de política internacional y seguridad, y es coautora de un artículo publicado en Third World Quarterly sobre organizaciones intergubernamentales informales en América Latina.
Contacto: kareniniestra@gmail.com