Sindicalismo en la Met Gala

May 6, 2026

La alfombra blanca de la Met Gala estaba lista para su ritual annual de estilistas, plumas, cámaras y multimillonarios disfrazados de “arte”. A pocos metros, Jeff Bezos y Lauren Sánchez los patrocinadores y copresidentes honorarios del evento posaban como si fueran benefactores del Renacimiento. Entonces un hombre con una pancarta negra saltó la valla y se llevó por delante el guion de la noche. Chris Smalls. Lo acusaron de invasión de propiedad, desorden público y resistencia a un arresto. Lo que en realidad estaba haciendo era leerle al imperio Bezos una lista de pendientes que incluyen un contrato sindical que llevan cuatro años negándose a firmar, un contrato de nube con el gobierno israelí que la ONU ya calificó de cómplice de genocidio, y otro contrato más con el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) que sostiene la infraestructura digital de las deportaciones masivas.

La pancarta la trajo el hombre que en abril de 2022 fundó el primer sindicato reconocido en la historia de Amazon, en el almacén JFK8 de Staten Island. La trajo, también, el hombre al que Amazon despidió en marzo de 2020 por organizar un paro durante la pandemia de COVID-19, cuando los trabajadores reclamaban algo tan moderno y revolucionario como mascarillas y desinfectantes. La fiscal general de Nueva York calificó aquel despido de “vergonzoso” y la Junta Nacional de Relaciones de Trabajo, lo declaró ilegal. Una filtración a Vice News reveló que en una junta interna (a la que asistió el propio Bezos) el abogado general de Amazon, David Zapolsky, describió a Smalls como “ni inteligente ni elocuente” y propuso convertirlo en “el rostro del movimiento sindical para machacarlo”.

No lo machacaron. Smalls puso una carpa frente al almacén, repartió comida, recolectó firmas mientras hacía BBQ con sus camaradas. Dos años después, contra todos los pronósticos, 2,654 trabajadores votaron a favor del sindicato y 2,131 en contra. Una victoria histórica. Amazon respondió como responden los patrones cuando huelen amenaza real, gastando millones en union busting, alegando irregularidades en la elección, paralizando la negociación. Apenas el mes pasado la Junta Nacional de Relaciones Laborales ordenó a la empresa reconocer y negociar con el sindicato. Cuatro años de batalla legal para que el dueño más rico del planeta haga lo que cualquier letra fría de la ley laboral le exige. Por eso, cuando le preguntaron si iría a la Met Gala, Smalls respondió con una frase que se va a quedar: “Sí, voy a ir. Han pasado cuatro años desde que nos sindicalizamos y se niegan a negociar un contrato con nuestro sindicato, que está a treinta minutos.”

Mientras tanto, el almacén siguió funcionando con la misma lógica de siempre. Los trabajadores de Amazon orinan en botellas porque las “pausas” se descuentan del rendimiento que vigila un algoritmo segundo a segundo. La tasa de lesiones graves en sus centros logísticos es prácticamente el doble del promedio de la industria del almacén, según el Strategic Organizing Center. El sistema interno conocido como Time Off Task, que mide cuántos segundos pasas sin escanear un paquete, ha despedido a miles por estadística.

Pero el cuento no termina en el almacén. Amazon Web Services, la división de nube que paga casi todos los caprichos espaciales del jefe, firmó en 2021 el llamado Project Nimbus junto con Google, es un contrato de 1,200 millones de dólares con el gobierno israelí. La granja de servidores aloja datos de las agencias civiles, militares y de inteligencia. +972 Magazine y The Intercept documentaron que esa infraestructura sostiene los sistemas de inteligencia artificial (Lavender, The Gospel, Where’s Daddy?) con los que el ejército israelí selecciona blancos de bombardeo en Gaza, donde una comisión de la ONU concluyó en 2025 que las acciones del Estado de Israel constituyen un genocidio. El contrato incluye cláusulas redactadas para impedir que Amazon retire el servicio aunque verifique que se está usando para violar derechos humanos. Los dueños del capital firmaron, literal, una letra atada a la matanza. Pinches cínicos.

AWS también aloja sistemas críticos del Departamento de Seguridad Nacional estadounidense, incluidas las herramientas analíticas que ICE utiliza para vigilar, detener y deportar migrantes. La misma empresa que despidió a Smalls por exigir un cubrebocas le vende al Estado las herramientas para perseguir a tu primo en Phoenix. La misma empresa que niega un contrato colectivo en Nueva York lucra con la deportación del trabajador mexicano y con la voladura del trabajador palestino. El modelo de negocios de Amazon es Necroleoliberalismo en su máxima expresión.

A los mexicanos esta historia debería resonarnos como una campana. Llevamos un siglo arrastrando charrismo, contratos de protección, líderes que cobran del patrón y firman a espaldas de los suyos. El sindicalismo independiente, sabe que el clientelismo del PRI viejo, el populismo de utilería del PAN y el fascismo internacional que crece como hongo después de la lluvia se derrotan con una sola herramienta y es la organización obrera.

No con tuits indignados, no con votos, no con la beneficencia del Estado, no con el emprendedurismo motivacional que se vende en cursos a 999 pesos. Con asambleas, con paros, con contratos colectivos auténticos, con saltar la valla cuando hay que saltarla.

Chris Smalls no entró a la Met Gala. La policía lo tiró al piso, le pisaron la pancarta y se lo llevaron arrestado. Pero en el video que circula aparece la única imagen verdaderamente artística de la noche, un obrero negro, despedido por el hombre más rico de la tierra, plantándose con un cartel frente al espectáculo del capital. Esa imagen vale más que todos los vestidos de la alfombra. Y nos recuerda algo que en este país hace falta repetir hasta que entre; contra la dictadura, contra el clientelismo, contra el fascismo, no hay app, no hay salvador, no hay influencer, no hay caudillo que valga. Hay sindicato. Y si no lo hay, se construye. Y si no se construye, caemos todos.

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