Paseo de la Reforma nunca duerme del todo, pero la noche del pasado martes tenía el aire espeso de las fechas memorables. Tras el silbatazo final en el estadio Azteca que selló el dos a cero contra Ecuador, el asfalto capitalino dejó de ser una vía de tránsito para convertirse en un organismo vivo, una marea de camisetas verdes que avanzaba arrastrada por un magnetismo inexplicable hacia las faldas del Ángel de la Independencia. Más de un millón de almas acudieron a la cita, convocadas por esa imperiosa necesidad mexicana de testificar la alegría ajena y volverla propia. La Jornada: Cultura