Tan legendarias e icónicas como dolorosas son las fotografías del insuperable trompetista Miles Davis (1926-1991) cubierto de sangre después de la golpiza que le propinaron las fuerzas del orden (policías blancos, sí) a las afueras del Birdland en Nueva York solamente porque, siendo negro, tuvo la osadía de estar ahí fumando un cigarrillo. Era 1959, y desde entonces las fobias y las actitudes han cambiado (es un decir) de manera más bien cosmética. Hoy en día sigue siendo muy probable que otro trompetista negro sea macaneado en la calle porque sí, y porque los policías pueden hacerlo. Agredido, violentado, golpeado y ensangrentado, Davis procedió después a realizar una de las carreras más brillantes, contradictorias, atormentadas y enriquecedoras en la historia del jazz. Lo menciono ahora porque en unos días, el 26 de mayo, se cumple su centenario natal, una efeméride que vuelve aún más indispensable reconocer y aquilatar su música, pero, sobre todo, disfrutarla por todos los poros. La Jornada: Cultura